Besos de fresa
Ayer tropecé con vos, me di de bruces con vuestra mirada de rapaza, de superviviente eterna de fotografías de un ayer hecho presente en el recuerdo de un beso con sabor a fresa ácida. Te me caíste al suelo, mientras ojeaba mi diario del pasado, al abrirlo por una página cuyo título rezaba : ¿Quién fotografiará mi última sonrisa?. Tengo que ir al lavabo
No te estaba vacilando, no, simplemente es que no te puedo mentir y tampoco sé decir No lo sé, que es pecar de ignorancia, así pues, perdóname, pero déjame escaquearme un rato, esquivar tus preguntas comprometidas y hablarte de otras cosas, déjame un ratito ir al lavabo y dejar en el aire tu pregunta, para otro momento en que tengo tiempo para darte una respuesta convincente, de la que ahora y entonces, carecía. .
Tienen truco. Tus preguntas tienen truco y encierran trampa. Me hacen daño, ¿sabes? .
Yo no seré el último, ni nadie, porque no hay una última sonrisa. No la hay. Cómo tampoco hay una última rosa en el jardín, ¿Quién querría fotografiarla?. Sólo duermen. Son flores de temporada. Te marchaste de vacaciones con una sonrisa en la mirada. Flores y risas de temporada que duermen en el ayer para volver a nacer en un mañana tan cercano que tal vez, a lo mejor, sólo necesitas cerrar los párpados y al abrirlos te acarician la cara con su perfume, las flores, y su alegría, las sonrisas.
Tomaré los pétalos de mis rosas marchitas, los meteré en un frasco de cristal con un poco de agua ó de alcohol ó yo no sé que clase de mejunje especial, le pondré un tapón y dejaré reposar en la oscuridad, que macere en el silencio del reposo del guerrero, ó del oso hibernante en sus dominios de caza. Dormidos. Recuerdos. Palabras.
Un perfume flotará en el salón al destapar nuestro frasco de cristal el día que te quiera regresar. Estará el perfume de las rosas, tus palabras hermosas y tu fotografía de niña traviesa, y reiré con ellas, ¿ves?, quedarán aun cientos de sonrisas por llegar.
Hete aquí que si sé fotografiar la última fresa que quedaba en el jardín privado del edén, el último día del mes de abril, que tú arrancaste con pena infinita, toda hecha frenesí, ¿recuerdas?, parecías tener entre tus manos el alma, un Potosí.
Colocaste la fresa en el valle que hacen tus pechos, y retraté los dos corazones, el tuyo, interno, que no se ve, pero se siente tan tierno, tan romántico, tan semejante al fruto rojo que le robaste al jardín, el cual dibujó una sonrisa en tu rostro, nunca la última, ¿escuchaste?, nunca. Siempre la primera.
Aunque tú dijeras que yo retraté la última fresa, ahora que ya no estás, te diré que callé, ya sé, otra vez lo volví a hacer, no sé mentir, no sé discutir, y te dejé hacer, soñar, soñar con tus deseos y anhelos. ¿Acaso no viste que la planta del jardín tenía flores blancas?. De cada flor un fruto. No era la última fresa. Nunca hay una última. ¿Sabes el motivo? . Es fácil. Ahora mismo, contemplado nuestra fotografía, estoy viendo esa fresa tuya y mía.
¡Qué sensual!
Tengo en mis labios el corazón rojo de una fresa ácida, pero me faltan los tuyos, tus labios tiernos, carnales, suaves.
Decidiste partir un mes de Mayo. Vacaciones de lujo en un trasatlántico. Te echo de menos y espero tu regreso. Quiero repetir ese beso, con fresa, entre tus labios, pues aun quedan frutos en el jardín del edén, ¿los ves?, no, no era la última fresa, y bueno, de todos modos, si lo fuera ¿Qué más da?. Compraría una enorme en la tienda, con un tallito verde, correría al jardín y la ataría entre las hojas, dejando ver que aun te esperan.
Si no hay más fresas, no es porque se acabaran, es porque los topillos y las ratitas de primavera, en consonancia con gorriones, estorninos y urracas, celebraron un banquete en el que corrió el vino de la uva recién pisada, por ello no te extrañes que tampoco queden racimos colgando de los parrales, ni moras en los zarzales, ni rosas en los rosales, que usan de adorno y de presentes para agasajar a las mujeres.
No me invitaron al banquete. Querían llevarse la fresa de la tienda y se lo prohibí, la cubrí con una red, ya sabes que está esperando por ti, y se enfadaron tanto que no recibí ninguna invitación. De todos modos, ¿Qué pinto yo entre ratones y urracas? . También se enfadaron porque les regañé por esquilmar el jardín del edén, y sin embargo, me encontré de madrugada, mientras contemplaba la luna en una noche cálida de insomnio, unos regalos suyos, una copa de vino dulce, otra de jugo de fresa ácida, otra de un granizado con sabor a moras, y una rosa.
Embriagado de tu recuerdo y del vino y del olor a rosas, le doy un beso de buenas noches a tu retrato, me lo regreso a mi diario, a esa página donde escribí : ¿Quién fotografiará mi última sonrisa?, y me voy al lavabo. Lo siento. No aprendo. Tan sólo aprendí a huir de lo que me hace daño.
Un beso.
Me quedo con el recuerdo de ese beso, de ese beso de fresa ácido.
2 comentarios
maria -
Anónimo -